La historia del matcha: de la China imperial al ritual japonés
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- 3 ago
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El matcha nació en China, durante la dinastía Tang (618-907 d.C.), cuando monjes budistas empezaron a secar hojas de té y molerlas en polvo para preparar una bebida que los mantenía alerta en largas horas de meditación. Durante la dinastía Song (960-1279), la práctica se refinó: el polvo se batía con agua caliente en cuencos de cerámica, usando pequeños batidores de bambú, el antecesor directo del chasen que se usa hoy.
Con la llegada de la dinastía Ming, la moda cambió hacia el té de hoja suelta y el polvo de té cayó en el olvido en su país de origen. Pero en 1191, el monje japonés Eisai regresó de China con semillas de té y el conocimiento del té en polvo. Fue en Japón donde esa tradición se refinó hasta convertirse en el matcha ceremonial: cultivo a la sombra, molienda a piedra y una técnica de preparación cada vez más precisa.
La figura que transformó el matcha en un arte fue Sen no Rikyu (1522-1591), padre de la ceremonia japonesa del té (chado). Rikyu despojó a la ceremonia de ostentación y estableció los principios de armonía, respeto, pureza y tranquilidad que siguen vigentes. La región de Uji, cerca de Kioto, se convirtió en el centro de producción del matcha de más alta calidad del mundo, gracias a su clima, su niebla natural y la técnica de sombreado que concentra clorofila y aminoácidos en la hoja.
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